
PARTE 2
La madre se llevó las manos a la boca, dando un paso hacia atrás mientras la respiración se le cortaba por completo. Mirando al empresario y luego a su hijo con ropa de cemento, la mujer tartamudeó con desesperación: «¡Pero… pero señor! ¡Tiene que haber un error! Mi hijo el que está en el sofá es el licenciado, el que tiene estudios… el otro solo limpia y carga bloques en el sol». El dueño de la constructora la miró con profunda seriedad y le contestó con voz firme: «Señora, los tÃtulos de cartón no salvan proyectos. Su hijo el licenciado no sabe ni sostener una pala, pero este joven aquà demostró más capacidad, liderazgo e inteligencia que cien profesionales en mi oficina. Él es el verdadero motor de mi empresa».
El hijo flojo, sintiendo que el mundo se le venÃa abajo al ver las llaves del vehÃculo de lujo sobre la mesa, se levantó de golpe del sofá y le dijo a su hermano con una falsa sonrisa: «¡Hermano, qué gran noticia! Yo siempre supe que tenÃas talento… mamá y yo solo estábamos bromeando hace un momento, tú sabes que somos una familia y debemos celebrar juntos tu nueva camioneta». El hermano trabajador lo apartó con la mirada, tomó las llaves y el contrato de la mano del empresario, y miró a su madre fijamente. El nuevo socio sentenció con una calma implacable: «Lo siento, pero la broma terminó. Hace un minuto me dijiste que me fuera de la casa porque querÃas pasar tiempo con tu hijo el licenciado. Pues quédate con él y que sus estudios paguen las medicinas y la comida de la semana».
La madre cayó de rodillas al suelo del comedor, intentando agarrar las botas sucias de cemento de su hijo mientras lloraba con amargura: «¡Hijo, por favor, no me dejes! ¡Yo te amo, fue un error de mi parte!». El joven constructor no cedió ante las lágrimas falsas, dio media vuelta junto a su nuevo jefe y caminó hacia la salida sin mirar atrás. El rugido del motor de la nueva camioneta se escuchó con fuerza al arrancar, dejando a la madre y al hijo consentido sumidos en el silencio de una casa modesta, atrapados en su propio orgullo y dándose cuenta de que la arrogancia los habÃa dejado en la más absoluta miseria por haber despreciado las manos que les daban de comer.
Moraleja
«Quien se ampara en los tÃtulos y las apariencias para pisotear el esfuerzo diario del familiar trabajador, termina descubriendo que la soberbia no llena la mesa y que la vida se encarga de premiar la humildad y el sudor de los honestos». El valor de una persona se demuestra con hechos y nobleza en el trabajo; por eso, el destino siempre derriba los aires de grandeza de los holgazanes y exalta a quienes construyen su éxito con dignidad y sacrificio.