
PARTE 2
La madre se queda pálida, saca su propio teléfono rápido, mira el saldo y abre los ojos desorbitados por el impacto absoluto. El silencio invadió la sala por completo mientras los dedos de la madre temblaban sobre la pantalla de su celular. Al ver la enorme cifra depositada en su cuenta, el paño de limpieza se le resbaló de las manos y cayó al suelo. La mujer, tragando saliva con una enorme vergüenza, intentó cambiar el tono de su voz y tartamudeó: «¡Ay… pero mi vida! ¿Por qué no me habÃas dicho nada antes? Yo… yo solo lo decÃa porque me preocupa el futuro de ustedes, pero veo que eres una joven muy inteligente y emprendedora. Esta siempre ha sido tu casa».
Andrés miró a su madre con una mezcla de tristeza y decepción, dando un paso al frente para colocarse al lado de su pareja. El joven le dijo con voz firme: «Te pedà que bajaras la voz, mamá, pero tu orgullo y tus ganas de humillar fueron más grandes. Todo este tiempo ella estuvo soportando tus malas caras mientras trabajaba en silencio para ayudarnos a salir adelante». La novia, guardando su teléfono en el bolsillo con una tranquilidad absoluta, miró a la mujer y le contestó con una sonrisa gélida: «No se preocupe, señora. El dinero que le acabo de transferir no es para quedarme, es para pagar el tiempo que estuvimos bajo su techo y asegurar que no nos deba nada».
La joven tomó de la mano a Andrés y caminó hacia la entrada de la casa, donde ya tenÃan un taxi esperando para mudarse a su propio departamento de lujo. La madre corrió detrás de ellos hasta la puerta, suplicándoles entre lágrimas: «¡Andrés, hijo, no te vayas por favor! ¡Cometà un error, quédense!». Sin embargo, el joven volteó por última vez y le dijo con total decisión: «Aquà el que no aporta no come, mamá… esas fueron tus palabras. Quédate con tu casa limpia y con tu dinero, porque nosotros ya no volveremos». La puerta se cerró de golpe, dejando a la mujer sola en la enorme sala, llorando sobre su pantalla por haber cambiado el amor de su hijo por un puñado de billetes debido a sus propios prejuicios.
Moraleja «Quien se apresura a juzgar el esfuerzo ajeno basándose solo en las apariencias y el desprecio, termina descubriendo que la soberbia ciega el entendimiento y que la vida se encarga de humillar a los soberbios con su propia moneda». El trabajo y el éxito de hoy en dÃa no siempre se ven en el esfuerzo fÃsico; por eso, el respeto debe ser la base de toda convivencia, recordándonos que la arrogancia solo construye paredes de soledad.