
PARTE 2
El hermano mesero además de trabajar en el restaurante también era inversionista de algunos negocios muy prósperos y habia logrado reunir una gran cantidad de dinero que le permitió comprar el restaurante donde trabajaba. La risa burlona del hermano gerente se desvaneció por completo a la mañana siguiente cuando ingresó a las oficinas corporativas del restaurante más exclusivo de la ciudad para la reunión extraordinaria de la junta directiva. Al abrir la puerta del despacho principal, la sangre se le heló al ver a su hermano menor impecablemente vestido con un traje a la medida, firmando las escrituras de adquisición del inmueble comercial.
«¡Esto no puede ser verdad! ¡Tú solo eres un simple mesero, esto es un fraude!», balbuceó el hermano con la voz quebrada, retrocediendo aterrorizado al ver que el abogado de la corporación y el antiguo dueño le estrechaban la mano con absoluto respeto al joven.
El nuevo propietario cerró la carpeta con sello dorado y clavó su mirada gélida en el arrogante ejecutivo. «Ayer compraste tu propia ruina con tu soberbia», sentenció con voz firme e imponente. «A partir de este segundo quedas destituido porque necesito personas fieles y leales trabajando para mi. Además, la casa donde vives con nuestra madre pasa a ser propiedad absoluta de la empresa, y la orden de desalojo para ambos ya está firmada para ejecutarse hoy mismo».
El hermano cayó de rodillas suplicando piedad entre lágrimas para no perder su puesto, mientras la madre lloraba desconsolada al ver cómo las patrullas policiales llegaban a la residencia para sacar sus pertenencias a la acera. Ambos terminaron en la calle, humillados y en la ruina total por haber despreciado las manos que los sostuvieron.
Moraleja «Quien humilla al familiar humilde creyendo que un título o un puesto lo hace superior, termina descubriendo que la verdadera grandeza se construye con esfuerzo en silencio y que la arrogancia siempre paga el precio de su propia caída». El respeto a la familia no se negocia; por eso, la ingratitud y la soberbia siempre cosechan su propia ruina.