
PARTE 2
El ambiente en la oficina principal de la constructora era tenso al día siguiente cuando el hermano arquitecto ingresó presumiendo su traje de diseñador frente a sus colegas. Sin embargo, al cruzar la puerta de la gerencia general, la sangre se le congeló por completo al ver a su hermano menor sentado en el sillón directivo, impecablemente vestido y revisando los contratos de la empresa.
«¡Esto es imposible! ¿Qué haces aquí sentado? ¡Seguridad, saquen a este muerto de hambre!», gritó el arquitecto con la voz quebrada por el pánico, retrocediendo torpemente al ver que nadie se movía para ejecutar su orden.
El director de recursos humanos y dos oficiales de seguridad ingresaron al despacho a una señal del verdadero dueño. «Aprende a dirigirte a tu jefe y propietario absoluto de este grupo inmobiliario», sentenció el joven con voz imponente y serena. «Ayer cancelé tu contrato de contratación por incompetencia, falta de ética y abuso de poder. Quedas formalmente despedido sin derecho a liquidación, y el auto que te asignó la empresa entra en embargo inmediato». El arrogante arquitecto quedó sin trabajo, sin estatus y obligado a enfrentar la ruina total por haber despreciado las manos trabajadoras que levantaron su propia fortuna.
Moraleja «Quien juzga el valor de una persona por el polvo en sus botas creyendo que el título le da impunidad, termina descubriendo que la verdadera categoría se mide en humildad y que la soberbia siempre paga el precio de su propia ruina». La dignidad del trabajo jamás se pisa; por eso, la ingratitud y la arrogancia siempre firman su propia caída.