HISTORIA 014 «LA DUEÑA DE TODO. EL SECRETO DE UNA ESPOSA TRAICIONADA» (Desenlace Final)

PARTE 3

El rostro de Alberto se puso rojo de la ira, no podía creer lo que había ocurrido. Su abogado revisaba el documento una y otra vez, sudando frío.

—¡Esto es una trampa! ¡Elena, tú no puedes hacerme esto! —gritó Alberto, con la voz quebrada—. ¡Yo construí este nombre! ¡Es mi empresa!

—No, Alberto —dijo Elena, cruzándose de brazos—. Tú fuiste la imagen pública. Pero el dinero de la fianza, los permisos federales y el registro de la marca se pagaron con la herencia de mi padre y salieron a mi nombre. Durante 5 años te dejé creer que eras el rey, porque pensé que éramos un equipo. Pero decidiste cambiar de equipo.

Valeria, que hasta ese momento miraba las bolsas de diseñador que Elena traía, se soltó inmediatamente del brazo de Alberto. —A ver, espera… ¿Cómo que la empresa no es tuya? —le reclamó a Alberto, cambiando su tono dulce por uno sumamente agudo—. Tú me dijiste que el departamento y el viaje a París salían de las cuentas de la compañía. si ahora eres pobre, no me sirves de nada!.

—Y salen… —dijo Alberto, mirando a su abogado—, ¡Dile algo! ¡Haz algo!

El abogado levantó la vista, resignado. — Alberto… si la señora Elena decide revocar tus poderes como director general hoy mismo, todas tus tarjetas corporativas quedan canceladas en este instante. Legalmente, tú solo eres un empleado más con un sueldo base.

Elena sonrió levemente y sacó un sobre de su bolso. —Y de hecho, aquí está tu carta de despido, Alberto, Por uso indebido de fondos de la empresa para gastos personales de índole… extraoficiales. Tienes dos horas para vaciar tu escritorio.

Valeria ni siquiera esperó a que terminaran de hablar. Tomó su costosa bolsa (que aún no terminaba de pagarse), miró a Alberto con un desprecio profundo y caminó hacia la salida de la sala de juntas sin decir una sola palabra.

—¡Valeria! ¡Espera! ¡Lo voy a arreglar! —gritó Alberto, pero la joven que minutos antes anhelaba casarse con él ni siquiera volteó. La puerta se cerró tras ella.

Alberto cayó de rodillas en la alfombra, dándose cuenta, de golpe, de que se había quedado sin la esposa que lo apoyó en la pobreza, sin la amante que solo quería su dinero, y sin el imperio del que tanto se había jactado.

Elena caminó hacia la puerta, se detuvo un segundo y lo miró desde arriba. —Disfruta de tu juventud, Alberto. Ahora tienes todo el tiempo del mundo para empezar de nuevo.

Elena salió a la calle, respiró el aire fresco de la tarde y subió a su auto. La vida no se terminaba a los 45 años; para ella, apenas estaba comenzando. FIN.

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