
PARTE 3
La arrogancia que Viviana había mantenido durante años se desmoronó en un segundo. Al ver entrar a los oficiales de policía y al percatarse de que su propia codicia la había hecho confesar el crimen frente al teléfono de Sebastián, su rostro se tornó completamente pálido. Los guardaespaldas que la acompañaban dieron un paso atrás, negándose a intervenir en un problema con la justicia federal.
—¡Esto es una trampa! ¡Sebastián, tú no puedes hacerme esto! —gritó Viviana histérica, mientras uno de los oficiales le leía sus derechos y le colocaba las esposas metálicas en las muñecas—. ¡Esos niños son míos, yo los di a luz!
—Tú los usaste como un objeto para dañarme, Viviana —respondió Sebastián, arrodillándose en el suelo para recibir a los dos gemelos, quienes corrieron a refugiarse en sus brazos, llorando de alivio—. Les robaste el derecho de tener un padre y me robaste a mí los años más hermosos de sus vidas por puro dinero. Pero la verdad siempre encuentra una salida.
El abogado de Sebastián, que ingresó junto a las autoridades, le entregó una carpeta con los documentos oficiales que invalidaban el registro fraudulento de los menores. El médico que cinco años atrás había firmado el falso examen de infertilidad había sido arrestado esa misma mañana y, para reducir su condena, entregó las pruebas de los depósitos millonarios que Viviana le había hecho para engañar a Sebastián. Con esa evidencia y la confesión grabada, la patria potestad exclusiva de los gemelos pasaría a manos de su verdadero padre de inmediato.
Viviana fue escoltada fuera del edificio corporativo en medio de las miradas de los empleados y la prensa local, enfrentando cargos graves por fraude, falsificación de documentos públicos y conspiración. El imperio de mentiras que construyó para quedarse con la fortuna de Sebastián se convirtió en su propia celda.
En la oficina, el silencio regresó, pero esta vez era un silencio lleno de paz y calidez. Sebastián abrazó con fuerza a sus dos hijos, sintiendo cómo las lágrimas que contuvo durante cinco años finalmente rodaban por sus mejillas. Los pequeños lo miraron y, con una gran sonrisa, le limpiaron las lágrimas con sus manos. Por fin, la palabra que tanto le dolía escuchar en otros se convirtió en su realidad más hermosa. Sebastián Toledo ya no estaba solo; el dinero pasó a un segundo plano y la justicia le devolvió la mayor riqueza de su vida: el amor de sus hijos. FIN