HISTORIA 003 «EL PRECIO DE LA TRAICIÓN» (Desenlace Final)

PARTE 3

Los gritos de Alejandra resonaron por las paredes de la residencia, pero la firmeza de Reinaldo no flaqueó ni un solo milímetro. La mujer que horas antes gastaba miles de dólares con desprecio, ahora lloraba de rodillas sobre el frío mármol del suelo, suplicando por una oportunidad que no merecía.

—¡Reinaldo, te lo ruego, fue un error! —exclamaba Alejandra con el rostro desencajado—. Ese hombre me manipuló, yo te amo a ti y a la niña. ¡No me dejes en la calle, no tengo a dónde ir!

—El día que decidiste dejar a mi hija sola, sucia y con hambre para irte a divertir con el dinero que yo gano trabajando, dejaste de tener una familia —respondió Reinaldo, mirándola desde arriba con una indiferencia absoluta—. No te dolió dejarla a ella desamparada, así que a mí no me va a doler verte en la miseria.

El abogado intervino, mostrando las cláusulas del acuerdo prenupcial que Alejandra había firmado apresuradamente antes de la boda, cegada por el deseo de estatus. —Señora, el contrato especifica claramente que en caso de infidelidad comprobada y negligencia familiar, usted pierde el derecho a cualquier pensión o compensación económica. Su amante, además, acaba de ser notificado por el departamento legal; la empresa del señor Reinaldo ha cancelado todos los contratos de suministro con el negocio de ese hombre por conflicto de intereses. Él también está quebrado.

Al escuchar esto, el llanto de Alejandra se transformó en una mueca de puro horror. El hombre por el que había traicionado a su esposo la abandonaría en cuanto supiera que ya no tenía acceso a la inmensa fortuna de Reinaldo.

Dos agentes de seguridad privada ingresaron al vestíbulo por orden del dueño de la casa. Tomaron a Alejandra firmemente de los brazos y la escoltaron hacia el exterior. Al abrirse la puerta principal, la mujer se encontró con sus pertenencias metidas en bolsas plásticas tiradas sobre la acera, exactamente de la misma manera despectiva en que ella había tratado las emociones de la familia. Los vecinos observaban la escena en silencio mientras las enormes rejas de hierro de la propiedad se cerraban con un golpe seco definitivo.

Reinaldo subió las escaleras a paso lento, dejando atrás los ecos del escándalo. Entró a la habitación de su hija, quien ya descansaba tranquila y con una pequeña sonrisa en su rostro, sintiéndose finalmente segura. Se sentó a la orilla de la cama y acarició su frente, prometiéndose a sí mismo que de ahora en adelante dedicaría cada segundo de su vida a protegerla y a rodearla únicamente de personas con un corazón limpio. La ambición y la traición habían sido expulsadas de su hogar; la paz, el verdadero amor de padre y la justicia habían regresado para quedarse. FIN.

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