MI PACTO DE FE CON EL NAZARENO

I. El Regalo que se convirtió en Sombra

A sus 18 años, la vida de Rosa parecía florecer con el nacimiento de su primer hijo. En el hospital, con el cansancio aún en los huesos, miró a su madre y le dijo con una chispa de esperanza:

—Mami, fue un parto difícil, pero aquí estamos juntitos, gracias a Dios.

—Gracias a Dios —respondió su madre, mientras preparaban todo para el alta.          —. Por fin nos vamos a casa, con nuestro príncipe. Dijo la madre de Rosa. Sin embargo, bajo la alegría de cargar a su pequeño, se escondía una sentencia de muerte silenciosa. Por una negligencia médica imperdonable, restos de placenta quedaron en su vientre.

II. El Río de Sangre

Al tercer día en casa, el horror se desató. Rosa se movía con dificultad, sintiendo que algo dentro de ella no encajaba. En la habitación Rosa preocupada le dice a su madre, con el rostro pálido y la voz temblorosa:

—Mami, no me siento bien.

—¿Qué tienes, Rosa? —preguntó su madre, alarmada.

—El dolor es muy fuerte y estos coágulos no son normales.

Su madre, en un intento desesperado por consolarla y confiando en los consejos que había escuchado siempre, le acercó una taza humeante:

—Tranquila hija, tómate este té de manzanilla, está calientito, ya verás que te sienta bien. El médico dijo que era normal tener cólicos.

Pero la naturaleza no esperaba. Esa noche, el silencio de la casa fue desgarrado por un grito de puro terror que provenía del baño. Rosa había expulsado un trozo de tejido descompuesto y, tras él, un río de sangre que no se detenía. El tiempo empezó a correr en su contra.

—¡Mamá, ayúdame! ¡Hay demasiada sangre! —gritó Rosa, viendo cómo su ropa se teñía de un rojo intenso mientras sus fuerzas la abandonaban.

Su madre entró al baño, encontrando a su hija desvaneciéndose.

¡Resiste, Rosa! ¡Dios mío, ayúdenme! —clamó la mujer, comprendiendo en ese instante que el té no podía detener lo que la medicina había ignorado.

III.  Puertas Cerradas y un Acto de Fe

El hermano de Rosa corrió a la calle buscando auxilio, gritando por un vehículo que pudiera llevar a su hermana al hospital. Pero el miedo es egoísta: los vecinos se negaban, temiendo que la joven exhalara su último suspiro en sus asientos.

En medio de la desesperación, acudió a la iglesia del pueblo. El sacerdote, movido por una compasión divina, no lo dudó y puso su auto a disposición. Rosa llegó al hospital pálida, sin fuerzas, desvaneciéndose en una silla de ruedas mientras el médico de guardia apenas se daba abasto.

 — Padre, mamá, Oren por mí, no quiero dejar a mi hijo solo. — fue el último ruego de una madre que sentía la vida escapársele por las venas.

La madre desesperada le responde —¡Hija lucha, Nazareno bendito sálvala!”

IV. Entre Dos Mundos

Mientras la madre lloraba y el sacerdote elevaba plegarias al cielo:

 —Jesús de Nazareth sálvala, no permitas que muera, ten piedad de ella señor.

Rosa experimentó lo inexplicable. Sintió que su alma se desprendía del cuerpo, elevándose hacia el cielo, el hospital ya no tenía techo para ella. Desde lo alto, veía a su madre aferrada a su mano fría y al médico tomando un pulso que ya no existía.

—Es tarde, no tiene pulso. — sentenció el doctor al revisar los signos vitales y ver las uñas moradas de la joven. Pero en ese vacío eterno, la voz de su madre perforó la distancia: «¡Lucha, hija! ¡Tu hijo te necesita!». De repente, el alejamiento se convirtió en un regreso violento. El llanto de su madre se escuchó cada vez más cerca, hasta que Rosa abrió los ojos, ante el asombro de los presentes.

V. El Milagro del Nazareno

El médico no encontraba explicación lógica; el pulso de Rosa era normal y ella, con una fuerza sobrenatural, se puso de pie. Tras un legrado de emergencia para limpiar los restos de la negligencia, la verdad salió a la luz: era un milagro que estuviera viva.

Ese día nació una devoción inquebrantable. La madre de Rosa, le contó de la promesa hecha al nazareno y ella con mucha devoción ha cumplido sin fallar su promesa, viste de morado desde entonces y el niño fue bautizado como Nazareth. Han pasado 30 años, y hoy, madre e hijo siguen juntos, unidos por un hilo que la muerte intentó cortar, pero que la fe logró fortalecer. Cada año, una túnica morada recuerda que, cuando la ciencia se rinde, el milagro apenas comienza.

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