
PARTE 2
El hombre del traje, devorado por la codicia, dio un paso al frente intentando arrebatarle el perrito al pequeƱo niƱo mientras balbuceaba mentiras descaradas: «”SeƱor inversionista, no le crea a este vagabundo! Yo encontrĆ© al perro esta maƱana y este niƱo solo me lo estaba cuidando un momento. Ā”La recompensa me pertenece a mĆ!Ā».
El empresario anciano se puso de pie con firmeza y miró al empleado con profundo desprecio. Ā«Te escuchĆ© perfectamente desde mi vehĆculo cuando lo amenazabas y lo llamabas ‘sucio'Ā», declaró el anciano con voz firme y atronadora. Ā«Este niƱo compartió su Ćŗnico trozo de pan con un animal indefenso mientras tĆŗ lo expulsabas con odio. Tu crueldad y tu ambición acaban de costarte el empleoĀ».
En ese preciso instante, el empresario sacó su teléfono celular y llamó a la seguridad de la corporación para que escoltaran al hombre fuera de las instalaciones, notificÔndole su despido inmediato por conducta inmoral. Acto seguido, el millonario abrazó al niño entre lÔgrimas de gratitud, le entregó el cheque de la recompensa y prometió asoptarlo para brindarle una casa digna y estudios completos para su futuro. El niño y su fiel perrito caminaron juntos hacia una nueva vida de abundancia, dejando al arrogante empleado en la ruina total y aprendiendo que la bondad genuina siempre recibe la recompensa mÔs grande.
Moraleja «Quien desprecia a los humildes y utiliza la codicia para arrebatar la bendición ajena, termina descubriendo que la soberbia destruye la abundancia y que la vida siempre premia a los corazones nobles». La compasión hacia los indefensos es una virtud sagrada; por eso, el destino siempre favorece a quienes actúan con amor sincero.